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Cuando le conté a mi abuela que me interesaban las piedras, me hizo un regalo: tres lajas circulares de ágata, una drusa de amatista y un enorme cristal de cuarzo. Me fascinaron. Las miraba de cerca con una lupa que ella usaba para leer letra menuda, y las hacía girar bajo la luz del sol para apreciarlas a simple vista.

 

Las ágatas y la amatista rebosaban de color, pero el cuarzo no. Dejaba pasar la luz, aunque no fuera del todo transparente. Más bien, deformaba lo que podía verse a través hasta hacerlo desaparecer. O directamente lo ocultaba tras ilusorios planos de luz. Imponía una realidad con sus reflejos.

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Cada tanto lo levanto y lo miro de nuevo. Su geometría es de una perfección rara. Contemplarlo es compartir una sorpresa con seres humanos de otros tiempos. En la antigüedad, los griegos llamaron krýstallos —palabra de la que procede nuestro "cristal"— al cuarzo transparente y bien formado, también conocido como cristal de roca. Plinio el Viejo recogió en el siglo I una creencia que venía de aquella época: esos cristales estaban relacionados con el frío. Eran agua congelada de una manera tan intensa que ya no podía volver a derretirse.

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Especialmente en los días de calor, levanto mi cuarzo y siento el frío en la palma de la mano. Ciertas zonas espumosas en su interior semejan las pequeñas burbujas de los cubos de hielo. Me gusta pensar que, visto así, el cristal tenía el poder de detener el tiempo. Sobre todo porque, muchos siglos después, el cuarzo volvió a encontrarse con el tiempo de una manera inesperada.

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En 1880, los hermanos Jacques y Pierre Curie descubrieron que ciertos cristales, entre ellos el cuarzo, tenían una propiedad extraña: al comprimirlos producían una pequeña señal eléctrica. Al año siguiente se predijo, y poco después se comprobó, el fenómeno inverso: al aplicar un voltaje al cuarzo, el cristal se deformaba ligeramente.

 

Si el voltaje aplicado alterna con determinada frecuencia, el cristal comienza a vibrar como un diapasón. Y lo hace con una regularidad extraordinaria. No tardó en surgir otra idea: si aquella vibración era tan regular, podía servir para medir el tiempo.

 

Los pequeños cristales que llevan los relojes de cuarzo —quartz, dice en la pantalla— suelen estar cortados para vibrar 32.768 veces por segundo. El número no es caprichoso: corresponde a 2 elevado a la 15. Un circuito electrónico puede dividir ese número por dos una y otra vez, quince veces, hasta obtener algo que conocemos muy bien: un pulso por segundo.

 

Dentro de un reloj de esos hay, entonces, una piedra vibrando miles de veces para decirnos que ha pasado un segundo en nuestras vidas.

 

Los griegos imaginaron el cristal de roca como agua cuyo movimiento había sido detenido para siempre. Nosotros terminamos utilizando el movimiento invisible de ese mismo cristal para medir el paso del tiempo.

 

Mantengo el cuarzo a la vista, tan solo para apreciar sus destellos y sus formas. Pienso en el tiempo cortado en aristas, dislocado en planos; en todos aquellos que, siguiendo un impulso milenario, levantan un cristal hacia la luz y se preguntan qué tienen entre las manos.

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Cuarzo: piedra y tiempo

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